Enamorarte de Dios

Si no te enamoras, de Dios, y te enamoras locamente, como Jesús, como Rumi, los sufíes, San Juan de la Cruz o como los místicos de todas las épocas, entonces tu religión, tus textos y tus rituales no han abierto tu corazón. 


No basta con que tu religión te sugiera venerar o idolatrar a Dios y es inútil que esto se vea como una obligación. A Dios, tu amor y tu entrega no le dan ni le quitan nada. La adoración a Dios, el amor que tú sientas hacia él, o ella, solamente a ti te llenan el corazón.

Enamorarte de Dios es lo que cambia tu vida. Él, o ella, es inmutable, no se vuelve más grande ni más pequeño porque nosotros lo amemos.

La relación con Dios, íntima, amorosa y personal, es lo que da un significado nuevo a nuestra vida. No te garantiza el cielo ni te acumula puntos, pero nos llena en cada momento de profundidad y de sentido. La relación amorosa entre tú y tu creador es una relación personal; no tiene reglas, no necesita imponerse, no te dicta normas de conducta ni pretende que obligues a nadie a seguirlas. En esta relación de amor no hay bien ni mal y tampoco genera dependencias infantiles, pues si bien el amor que recibes de Dios es constante e inmutable, lo que enriquece tu vida es el amor que le das al creador. 

Cuando te enamoras de Dios ya no te queda energía para moralizar, criticar o pretender tener la razón. Mucho menos te sobra energía para envidiar ni dañar. El enamorado de Dios se vuelve amoroso, pues está enamorado de la vida, pero no actúa para complacer a nadie ni para seguir mandamiento alguno. Actúa en amor porque ama y porque ve a su amado en todo lo que existe.